jueves, 5 de agosto de 2010

Prólogo.

Desde los 4 comencé a verme al espejo y no encontrar los rasgos de mi padre en mi rostro, ni en mis manos o pies. Buscaba entre las sabanitas y en el ruido de las hojas al pisar, de algún lugar debí haber venido, desde mi infancia me sentía diferente al resto de mi familia, algo me faltaba, un origen, el cariño de mi sangre, el amor y la admiración absoluta. Creí incluso que me habían encontrado en alguna canasta a la puerta de una iglesia justo antes de que las palomas hicieran su nido en mi cabeza.

Hasta ahora supe que ese viejo mentiroso que hacía llorar a mi madre por las noches no era nada mío, qué bueno que lo único que conservo de él son los recuerdos de las noches de gritos e insultos que jamás olvidaré... y el apellido que me ha traído días de mala suerte.

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